Es obvio que liderar implica tensiones diarias. Fugas de energía que no tienen por qué tener su origen en grandes crisis (esas cuando suceden somos conscientes de su impacto) sino situaciones que, por cotidianas, se normalizan minimizando su efecto: la entrevista de feedback difícil, la conversación tensa con un colega, una reunión complicada…todo eso, que puede darse en una sola mañana, te deja «tocado», lo reconozcas o no.
El estrés emocional cotidiano se asume porque forma parte del rol; día tras día, mes tras mes tienes objetivos que cumplir, equipos que guiar, clientes que atender… hay que seguir, y si las vacaciones están cerca, acelerar.
¿Y qué sucede cuando como líder no paras?
Pues que tanto acelero pasa factura. Obvio .Y el liderazgo (el bueno, el que sostiene, acompaña y no solo dirige) empieza a perderse.
Dina Denham en su artículo para HBR propone tres prácticas sencillas para mitigar este queme:
1️⃣ Reflexiona sobre tus emociones aunque solo sea 3 minutos.
Una de las claves del autoliderazgo es reconocer nuestra emociones, que influyen en nuestros pensamientos y comportamientos. Cada emoción está ahí para decirnos «algo», es sano aprender a escucharlas, sin juzgarlas.
No se trata de volverse terapeuta de uno mismo, sino de entrenar la inteligencia emocional, esencial en el liderazgo.
Escribe, grábate o cuenta lo que sientes a alguien que sepa escuchar sin interrumpirte. Lo importante es no camuflar y tirar para adelante como si nada.
2️⃣ Reencuadra, cambia el enfoque.
Reencuadrar no es autoengañarse, es mirar la misma realidad con otras gafas: no aceptaron tu propuesta, ¿fracaso o tal vez es necesario prepararla mejor? Tu equipo está agotado, ¿desastre o aviso de que hay cambiar ritmos y prioridades?
Reencuadrar es tomar perspectiva para no flagelarse con cada derrota. Ante los reveses personales y profesionales, lo emocionalmente inteligente es dejar de rumiar y machacarse. En esa ocasiones más que nunca es vital «hablarse» como hablarías a alguien que respetas y quieres.
3️⃣ Recupérate, y no solo en vacaciones.
Esto no va de “vete al spa”. Va de sumar microactos de reparación emocional diaria: apaga las notificaciones del WhatsApp y deja de leer correos a partir de una hora, da un paseo, lee, cocina, corre, canta, baila o «tírate» en el sofá sin hacer nada, en silencio.
La paradoja de la recuperación es que cuanto más la necesitamos, menos nos la concedemos. Pero si no nos damos y regalamos ese tiempo de reparación nos vamos vaciando. Y no se puede liderar desde el vacío.
Sentir agotamiento emocional no es falta de resiliencia ni que “te lo tomes todo a pecho», es que liderar implica exponerse emocionalmente todos los días.
Por eso reequilibrase no es un lujo, es supervivencia. Será lo que te permita al día siguiente entrar de nuevo al juego del liderazgo y jugar bien. Piénsalo.