Este perfil es más habitual en las organizaciones de lo que gustaría reconocer. Y lo cierto es que tiene éxito…al menos hacia arriba.  ¿Por qué? Porque destacan en la gestión de crisis. Siempre están ahí para “salvar el día”. ¿Cómo no valorar a quien te saca de un embolado tras otro?.

El problema es que esa capacidad resolutiva, deseable en cualquier líder, en estos casos esconde una necesidad mucho menos sana: la necesidad de sentirse imprescindibles. Por eso, generan crisis tras crisis que solo ellos —salvadores del mundo— pueden resolver. Y esto engancha. Se vuelven adictos a abrir melones que, en muchos casos, nadie había pedido abrir.

Como recuerda Eric Charran en su artículo “Your boss thrives on chaos. Here’s how to protect your energy”, para este tipo de jefes “el trabajo de verdad empieza cuando las cosas van mal”. Es lo que les activa. El equipo, mientras tanto, se instala en la rueda del hámster: siempre corriendo, siempre apagando fuegos, hasta quemarse.

El verdadero problema de este tipo de jefe «no es que resuelva problemas, sino que no previene que ocurran, ni se esfuerza en evitar que se repitan». En las crisis se siente cómodo y útil, importándole bien poco sus colaboradores, a los que nos les permite levantar la cabeza, ni bajar pulsaciones.

¿Qué efectos tiene este liderazgo en los equipos?

Estrés crónico y agotamiento.

Vivir en permanente estado de alarma cansa. Y mucho. Todo es urgente. Todo es para ayer. “Vamos, vamos, esto tiene que salir ya.”

✔️ Fatiga de decisión.

Las prioridades cambian cada día. Primero A, luego B, luego C. “¿Hacia dónde vamos? No sé, pero tú haz como Dori, sigue nadando”.

✔️ Desmotivación y rotación.

La microgestión como norma. “Si no me pongo yo, esto no sale”. Resultado: equipos desenganchados y profesionales que se van.

✔️ Pérdida del enfoque estratégico.

Apagar fuegos impide pensar a largo plazo. El equipo no puede planificar, crecer ni innovar si todo el tiempo se invierte en urgencias, reales o inventadas.

Menudo caos: sin rumbo, sin sentido, sin descanso, ¿Y cómo se sobrevive? Mal. Muy mal. Solo lo logran temporalmente quienes dominan el arte de hacer lo que se les manda y sueltan el boli cuando el reloj marca la hora de salida.

Charran propone algunos consejos para lidiar con un jefe así pero, sinceramente, me parece complicado ponerlos en práctica porque parten de una premisa difícil de cumplir: tú tienes capacidad para decir y tu jefe para escuchar. Con estos perfiles, lo primero ya es complicado; lo segundo, casi imposible. Porque no van a cambiar. Necesitan el caos para seguir sintiéndose útiles.

Y si les sigues, bien. Y si no… también.

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