Al dirigir personas pasamos por alto con demasiada frecuencia -ocupados en miles de asuntos que llenan nuestra agenda- , la tremenda importancia que tienen para los colaboradores nuestras palabras, nuestras acciones y sobre todo nuestros silencios.

En ocasiones somos tan herméticos que, para saber lo que queremos o para intentar comprendernos, los miembros de nuestro equipo han de medir hasta el último movimiento de pestañas; buscan para encontrar, la coherencia en nuestro liderazgo o todo lo contrario, agujeros negros por los que se cuela nuestra credibilidad y con los que nosotros solitos nos desprestigiamos, perdemos gancho, dejamos de ser seguidos para ser obedecidos.

El no reconocimiento mantenido en el tiempo conduce al «sí, bwana» Clic para tuitear

En general nos cuesta reconocer públicamente que alguien ha hecho un estupendo trabajo, dar las gracias; esa palabra casi mágica que, dicha con honestidad, produce unos efectos secundarios sorprendentes que, lamentablemente, olvidamos.

Hoy quiero compartir con vosotros una historia muy personal; la historia del que sin duda fue el reconocimiento más importante de los dados en todos estos años coordinando personas. Antes y después hubo otros muchos -cómo no podría ser de otra manera- pero aquel fue especial. Pronto entenderéis por qué.

De él siempre escuche barbaridades. Un bala perdida que sólo en la Administración Pública podía ser mantenido; de hecho, cuando me incorporé a trabajar como administrativa del departamento de RRHH, estaba sancionado y, dos años más tarde aún no le conocía.

Enganchaba expedientes disciplinarios como quien hace calceta, hasta que un buen día apareció, le destinaron a los archivos y a las dos semanas volvió a desaparecer. 

El tiempo pasó. Tanto, que la responsable de RRHH que tenía que asignar destino y función a este empleado en un segundo  intento de reinserción laboral, era yo.

Recuerdo que el primer impulso fue mandarle de nuevo a galeras, pero decidí darle una oportunidad. Mantuve con él una larga entrevista en la que descubrí a un hombre maduro, que había vivido lo suyo y que había encontrado la serenidad. Risueño, extrovertido y con unas tremendas ganas de empezar de cero que aproveché; tras un periodo de formación, comenzó a atender a nuestros clientes en el punto de atención directa al empleado (todo un riesgo, todo un éxito).

Su incorporación supuso un cambio. Cada vez que el ambiente se tensaba, soltaba cuatro chistes y el mal rollo desaparecía. Tenía una habilidad especial para hacerlo. A su ritmo, hacía un buen trabajo. Se integró sin problemas, convirtiéndose en una pieza clave para la cohesión del equipo. 

En las Navidades de su segundo año, mandé un mensaje especial a cada colaborador donde le daba las gracias, reconociendo lo que había aportado al equipo ese año y aquello (no siempre coincidente) por lo que había sido importante para mí en dicho periodo. 

Nadie dijo nada. Ni para bien ni para mal. Al menos no delante de mí.

Supongo que para algunos miembros de mi equipo fue demasiado novedoso, en el «Sistema» este tipo de cosas jamás se hacían. En fin, lo hice porque me apetecía hacerlo. Y dio sus frutos…más tarde.

Meses después, una mañana «M.» no acudió a trabajar. Al principio pensamos que se había dormido; luego que un atasco le retenía en algún punto del trayecto, y por último -por qué no confesarlo- que había vuelto a las andadas. 

Aún recuerdo el estupor que sentí al ser consciente de que nunca más volvería a verle. El destino y su corazón habían decidido que «the game is over». Un golpe tremendo. 

Pero el aprendizaje aún no había llegado. No del todo.

Tras el funeral cuando me acerqué a presentar mis condolencias a la familia, una madre destrozada y sin consuelo aferró mi mano y dijo: «No sabe usted lo importante que fue para él la carta que le envió; llegó a casa como un niño pequeño, nos la enseñó a su padre y a mí diciéndonos: mirad lo que dice mi jefa, ahora sí que podéis estar orgullosos de mí. Gracias por haber hecho a mi hijo tan feliz»

Seguro que sois capaces de entender cómo me sentí.

Desde entonces no espero fechas señaladas para agradecer un trabajo bien hecho, una mano tendida, un café compartido, el apoyo incondicional o una sonrisa. Lo tengo incorporado a mi día a día y ya forma parte de mí.

Reconozcamos y agradezcamos sin miedo lo que nos aportan las personas que tenemos a nuestro alrededor. Lo que con su esfuerzo y su ayuda conseguimos, por pequeño que sea.

 

R E C U E R D A

No hace falta colgar la foto del empleado del mes. Es mucho más sencillo, motivante y además gratis: basta con decir gracias. Clic para tuitear

 

Como complemento a esta entrada te sugiero la lectura del capítulo «Cómo conseguir la recomendación perfecta» incluido en mi libro «Mentoring me! Recursos de autoliderazgo para aplicar en tu día a día».

 

Entrada publicada inicialmente el 13/10/2013 en la versión del blog en Blogger

Fuente de imagen destacada: Freepik
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