Me pasa sólo a mí o tú también percibes que el número de expertos en cualquier tipo de tema ha crecido exponencialmente en los últimos tiempos.

Es cierto que lamentablemente la crisis ha expulsado de las empresas a mucho talento, a buenos profesionales que reciclados en CEOs de su propia vida, y freelancers dependientes de la de otros, intentan mostrar lo que de facto son: auténticos profesionales con años y años y años de muchísima experiencia.

Pero no me refiero a estos “y lo sabes”.

¿No te sorprende la soltura que tiene cada vez más personal a la hora de venderte su expertise?

¿Y tú me lo preguntas? Podrías decirme y harías bien porque yo te contestaría que por eso estoy atenta a lo que hacen y dicen, para no caer en el mismo error.

Se habla mucho de las profesiones del futuro; todas las relacionadas con el 2.0 ocupan los primeros puestos. Pero sin duda la profesión de moda en el mundo online (y también offline) es la de vendedor de soluciones mágicas que harán que tu vida cambie en un santiamén.

Cierto que lo queramos o no, todos nos pasamos la vida vendiendo: vendiendo nuestro conocimiento en una materia, el valor añadido que podemos aportar, nuestro punto de vista, algún proyecto o idea, incluso puede haber venta a la hora de conseguir delegar las tareas domésticas o de decidir cómo se reparte la asistencia a las cenas familiares de Navidad.

Y es mejor ser consciente de ello, sólo así puedes evaluar cómo conseguiste el cierre de la venta y de no hacerlo, qué es lo que está fallando.

Ser un buen vendedor no es nada sencillo. Respeto a quien lo hace con maestría en cualquier ámbito de la vida.

A saber vender se enseña pero no todos aprendemos a hacerlo de la misma manera.

Ahora que nadie nos oye te voy a contar un secreto:

Mi primera experiencia laboral (Madrid 1990… al más puro estilo Sofía de Las chicas de oro) fue como agente comercial. ¡Ahí es nada! Con 18 añitos, toda tierna, entré de lleno en el “fantástico” y arduo mundo de concertar entrevistas a puerta fría, de calentar la venta y cerrarla.

Me enseñaron bien. Aprendí mucho y rápido; no sólo técnicas de venta directa o manejo de mensajes envolventes no, aprendí que como vendedor –si quieres mirarte a la cara por la mañana- los límites los has de poner tú, que si te dejas llevar por los objetivos a cumplir, o por la gloria de ascender puestos en la pizarra de “mejor comercial del mes” puedes vender tu alma al diablo y traspasar la línea, la delgada línea que separa lo cierto, de lo incierto.

Nunca forcé una venta, es más, si veía claramente que el producto no era nada aconsejable para el cliente, tras la primera prospección y hecho el diagnóstico, desaconsejaba la compra de un producto que le hipotecaba a futuro y que claramente no necesitaba.

Y cada vez que hacía esto, abandonaba la cita sabiendo que esa tarde había perdido pasta pero sabiendo también que estaba siendo honesta -necesitaba seguir creyendo en lo que hacía sin tener la sensación de engañar a nadie- ¿Falta de compromiso o alineación con la estrategia de la empresa? Puede. Pero mi alma valía más que todo eso. Además mis resultados fueron muy buenos, siempre cumplí los objetivos marcados y en muchísimas ocasiones por encima de lo exigido. El cliente a pesar de mi juventud confiaba en mí.

El día que me di cuenta de que algo comenzaba a fallar dejé el empleo.

De aquella etapa he heredado esa capacidad que tiene un comercial para detectar cuando otro vende humo y no me refiero a los que lo hacen de manera evidente -en esos casos no se necesita ningún Máster para detectar a la legua la mentira casposa- no, me refiero a los refinados, a los que van de colegas cercanos, o de grandes gurús salvadores de vida, a los que tras una estética imponente y unos medios impactantes, embaucan e hipnotizan a sus clientes potenciales para venderles fórmulas exclusivas y secretos sólo para abonados.

Los encuentras en todas las esferas y son premiados por ello.

Su aparente éxito es su mejor carta de presentación.

Por eso, volviendo al principio, a la venta que todos hacemos de nosotros mismos, y a lo fácil que es caer en la sobreactuación y en esa necesidad de inflar lo que sabemos y podemos hacer por los demás, no me gustaría caer en lo que ahora critico ni me gustaría que lo hicieras tú.

Porque puedes mostrar tu mejor yo sin engañar.

Lo auténtico es lo que realmente vale la pena porque es lo que perdura.

Si no eres bueno en algo, no lo eres y punto.

Céntrate en lo que realmente haces bien y muéstralo con honestidad. #MarcaPersonal Clic para tuitear

Los resultados llegarán.Tal vez tarden un poco (o un mucho) pero si lo haces bien, llegarán.

Y cuando estés lanzado/a en ese camino de vender lo que sabes hacer no hay nada mejor que poner semáforos a tu alrededor; personas que te marquen el ámbar o directamente el rojo cuando te deslices por la pendiente de la exageración y la falta de honestidad contigo mismo/a o con los demás. Ponlos por todas partes porque créeme funcionan 😉

R E C U E R D A:

“El castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad” Aristóteles. #Cita Clic para tuitear

Fuente de imagen: Pixabay

 

 

 

 

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