En estos meses el conflicto territorial ha llenado horas de conversación y páginas impresas, y las que restan por venir; hemos escuchado, comentado, discutido y argumentado según nuestras creencias, valores e ideología.

Criticamos lo que vemos, pero rara vez nos paramos a pensar qué es lo que nosotros hacemos en situaciones, tal vez no tan extremas, en nuestro día a día, tanto a nivel familiar como profesional.

Vivir el conflicto como una batalla        

La existencia del conflicto es algo natural que tendemos a demonizar, cuando de todo conflicto, si se sabe gestionar correctamente, pueden salir soluciones positivas para todas las partes.

No tiene que convertirse en un campo de batalla donde luchar a sangre y fuego para imponer nuestro criterio machacando literalmente al otro.

Pero tampoco hay que evitarlo.

Todo conflicto pone de manifiesto discrepancias no resueltas.

Si queremos resolverlas, para que no se enquisten, la solución pasa por aplicar y conseguir la escucha activa: entender lo que el otro nos ha de decir y hacerle ver lo que para nosotros es importante.

Sentarse a la mesa de una manera civilizada, intentando buscar y encontrar juntos puntos de encuentro.

Perder para ganar.

Llegar a acuerdos pactados que ayuden a avanzar.

Aunque no siempre esto es posible, entre otras cosas, porque no nos acercamos a la negociación con la misma actitud.

Intereses e imposiciones

La postura que adoptamos ante el conflicto estará influida por muchos elementos: emociones, objetivos a lograr… pero básicamente dos serán los que determinen nuestra postura.

Intereses e imposiciones

No es lo mismo sentarse a esa mesa de negociación (lugar real o simbólico donde resolver nuestras diferencias) más preocupados por vencer pasándonos por el Arco del Triunfo los intereses de los demás, que adoptar una postura de escucha.

El resultado de la negociación será diametralmente opuesto si posamos nuestras posaderas en la silla con gesto de orgullo intentando que el otro salga de la negociación vencido, que hacerlo buscando el bien común, el equilibrio entre mis intereses y los tuyos (win-win)

En función de la importancia de ambos elementos nos encontraremos (o incluso adoptaremos) distintas posturas.

Te invito a poner nombre y apellidos a cada una de ellas, en el conflicto territorial tenemos ejemplos de sobra para poder hacerlo.

Tengo que vencer.

Vencer implica imponer su criterio, conseguir su objetivo sin importarle las consecuencias para el otro.

Es el perfil agresivo de manual. El del puñetazo en la mesa (real o suavizado) y la ira como bandera que justifica todo (aunque se exprese de una manera aparentemente civilizada)

Ojo con los pasivo-agresivos, que sin hacer ruido se acercan a la negociación con la misma postura, ¡sí,sí! Sus buenas maneras les permiten aparentar cierta empatía.

Poseedores de la verdad. Una verdad absoluta que no puede ser cuestionada.

Buscan imponer sus intereses y alcanzar sus objetivos. Lo que los demás quieran les importa un pimiento.

Cualquier punto de fricción o discrepancia lo vivirán como algo personal.

No les interesa negociar, porque negociar supone ceder y ellos no ceden ni un ápice.

No escuchan. Se limita a repetir un guion (su guion) como un mantra; si tienen que mentir, mentirán.

Utilizan la descalificación como arma para imponerse y vencer.

Necesitan ver al otro postrado ante sus pies.

Su lema: a una negociación se va a ganar y ganar implica que se haga lo que yo quiero que se haga y como yo quiero que se haga.

Para ellos solo hay vencedores y vencidos.

Ganar implica obtener lo que desean.

Ya se resolverá

Ni vencer ni ser vencido, evitar la confrontación, eso es lo que sistemáticamente hacen.

Juncos flexibles dan y quitan la razón sin mojarse demasiado. La mejor postura, la de ponerse de perfil. Huyen del conflicto, no lo soportan.

Ni vencedores ni vencidos, y de haberlos, que sean otros los que salten a la arena a defender sus intereses y objetivos.

El tiempo y los demás (más proactivos que ellos) harán que el problema se resuelva.

Les constará mucho, muchísimo sentarse a negociar. Porque negociar implica hablar de lo que cada parte quiere conseguir, y para ellos mientras no hables del problema, el problema no existe.

Si no les queda más remedio que tomar cartas en el asunto (porque la situación se les ha ido de las manos, o porque les agarran de las solapas y les sienta a la fuerza para tratar el problema y buscar soluciones) tenderán a dar vueltas y más vueltas, centrándose en asuntos periféricos para evitar, una vez más, llegar al núcleo de la discrepancia.

Su lema: el tiempo obra maravillas, o resuelve el problema o el problema pasa a mejor vida. Dejemos al tiempo que haga su trabajo.

Lo que tú digas

No pueden con ello. Necesitan tener paz social a cualquier precio, aunque el precio sea pagar con su propia libertad, o dejando de lado sus intereses y objetivos.

¡Qué más da! es lo que se dicen una y otra vez.

Son los vencidos, siempre y en todo lugar, porque ese es el papel que adoptan en cada negociación: que esto se resuelva rápido.

Se conforman con lo que tienen aunque no les satisfaga.

Pero este conformismo acaba por agotarse y cuando la sumisión se ha mantenido durante demasiado tiempo y se han perdido demasiados objetivos, pesa, y pesa tanto que se convierte en frustración y en algunos casos cólera que explote de la manera menos útil.

Esta postura de aparente negociación constante (el otro siempre cree que ha vencido) la mantienen en varios frentes para que todas las partes estén contentas y calmadas. Pero ¿esto resuelve el problema de fondo? No, claramente no.

Al pan, pan y al vino, vino

No los confundas con los “broncas”, las diferencias entre ellos son sustanciales.

Son aquellos que dicen claramente pero sin agredir, lo que quieren o mejor, lo que no quieren.

Escuchan al otro desde la premisa de “tu libertad termina donde empieza la mía” y por tanto tus objetivos son tan válidos como los que pueda querer conseguir yo.

No adoptan una postura rígida en la negociación, pero desde el principio, aunque busquen el consenso, dejarán claro en lo que no cederán. De ahí que se les pueda confundir con el primero de los perfiles.

Son capaces de ponerse en el lugar del otro al que intentan persuadir sin imponer. Tratan de entender a la otra parte para buscar soluciones conjuntas.

Son los asertivos, mucho más eficaces que el resto de perfiles. Aunque no nos olvidemos, como no lo hacen ellos, que su meta es importante y que harán todo lo posible por alcanzarla, eso sí, sin pisotear al otro ni tratar de vencerlo.

Búsqueda de soluciones

Para que un conflicto se resuelva no puede estar cargado de banderas rojas, de stops, de aspectos irrenunciables.

Negociar implica ceder. Ceder implica perder. Perder para ganar, para buscar soluciones positivas para todas las partes.

Esa es para mí la mejor postura ante los conflictos.

Jamás negociamos con miedo, pero jamás temamos negociar #cita John F. Kennedy Clic para tuitear

 

Imagen cabecera: Diseñada por Daviles / Freepik

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