He necesitado tiempo para poder escribir este post. Con años ya cumplidos, hay situaciones a las que aún hoy no me acostumbro ¡y mira que he vivido ya unas cuantas! Son gratuitas, dañinas e innecesarias. Tres marcaron el final de año y las tres tuvieron como protagonista el silencio.

Ese silencio que llena de ruido la mente, y que de haberse pensado mejor y con calma las palabras pronunciadas, no hubiera sido necesario.

No valen las excusas. Ni para lo dicho, porque dicho queda, ni para el silencio si es la única salida tras lo que no querías decir pero dijiste.

Y me aplico el cuento.

En la entrada “Manejados por el silencio” ya hablé de algunas situaciones en las que la falta de comunicación “verbal” nos zarandea; pero hoy lo haré de otro tipo de silencio, ese que el refranero popular define como dar la callada por respuesta.

Primero actúo, luego pienso.

Situación de partida: tienes una vacante o un nuevo proyecto o necesitas un colaborador y en tu mente o en tu correo electrónico o en tu red de contactos en LinkedIn o a través de WhatsApp ¡qué más da! aparece el nombre de un candidato, ¡el candidato perfecto!

Aunque no tienes nada claro lo que quieres en realidad, eres una persona de acción, y las personas de acción por lo general, primero actúan y luego piensan.

No vas a buscar más, es perfecto, lo quieres, es ese o nadie.

Te pones en contacto con el/la “candidato/a  pasivo/a” que está tranquilito/a en su casa, a sus cosas y le lanzas una oferta tremendamente atractiva: cuentas  resultados, posibilidades… pintas un horizonte que para ella quisiera Dorothy en El mago de Oz y… ¡sorpresa! a priori le interesa.

¡Bravo! ¡Lo conseguiste!

Ahora a dar el siguiente paso.

¡Uf! Y ahora qué

Tras la alegría y el subidón inicial, hay que dar el siguiente paso; lo normal en estos casos, es tener una conversación cara a cara, donde puedas contar con detalle lo que esperas de ese colaborador al que has “reclutado y seleccionado tú” y le des la información necesaria para que finalmente decida si te sigue o se aparta.

Lo quieres, lo quieres… ¡OK te llamo y quedamos!

Y es ahí donde comienza a complicarse la cosa por alguno o varios de estos motivos:

  • Realmente no necesitas cubrir esa vacante; la realidad es que en un café de máquina alguien te dijo que estaba muy agobiado y que necesitaba incorporar un nuevo perfil a su equipo. Tú (persona de acción) sacaste la lengua a paseo y ahora no sabes dónde meterla.
  • Te encantaría contar con ese colaborador, pero no en este momento. Te llegó el nombre, viste la luz y tú solito te metiste en un lio tremendo ¡qué se le va a hacer, si no sabes decir que no! Tampoco sabes por qué le pusiste tanta emoción si mientras intentabas convencerle, en el fondo, cruzabas los dedos bajo la mesa para que no aceptara.
  • El proyecto ha de salir adelante aun sabiendo que está cogido por hilos y teniendo alrededor situaciones en contra (algunas manejadas y otras sin control). La idea es tuya, y serás tú el que marque los tiempos, los pasos, las reglas. Saldrá sí o sí, caiga quien caiga. El posible colaborador que te siga (si puede). EL/Ella es un medio para conseguir un fin, te abrirá puertas para que puedas dar un pasito más hacia tu objetivo, solo el tuyo y de nadie más. Claro, ¡esto no se lo vas a contar!

Mal comienzo. Con estas mimbres, la reunión va a ser que no es posible.

Pero ¿cómo se lo dices? Mejor callar.

El silencio obra maravillas: ya se dará cuenta de que esto no marcha, se cansará de esperar, se dará por aludido/a, tal vez algún que otro mensaje escrito lleno de nada (otra forma de mutismo)

Eso, eso, que el silencio haga el trabajo sucio.

¿Merece la pena?

Sinceramente creo que este tipo de situaciones que todos hemos vivido (unas veces sufrido y otras hecho sufrir) no merecen la pena.

De las tres situaciones, solo en una, el silencio ha perdurado hasta el día de hoy. En las otras dos hubo excusas, promesas y reproches. ¡Tremendo!

Ni que decir tiene que en todos los casos el silencio me dolió (es cierto que hubo grados, no es lo mismo el silencio de alguien próximo al de un total desconocido). Los primeros días por esperar lo que en breve iba a llegar y jamás llegó. Después por pedir feedback y volver a encontrarme con mentiras y más silencios, y tras esto, porque me tomaron por ingenua y manejable.

Las tres fueron callejones sin salida desde el principio, que enturbiaron relaciones antiguas y enfriaron las recientes y de las tres aprendí una gran lección:

Si tienes que forzarlo, no es de tu talla” (Aplica para anillos, zapatos, pantalones, relaciones, amistades…. y ofertas laborales)

Fuente de Imagen: Designed by tirachard from Freepik

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